lunes, 9 de abril de 2012

Contemplación de la Naturaleza




En estos días de Semana Santa he dedicado muchas horas a la lectura y a la contemplación de la naturaleza, en realidad más de lo habitual. Desde muy temprano, observo el cielo y veo además como juguetean los mirlos entre las copas de los árboles. Hace unos meses incluso, vi a una ardilla caminar libremente sobre uno de los cables de teléfono. Luego, entro a la rutina de todos los días, entre ellas la de hacer un viaje no tan placentero hasta mi hospital. En el camino, veo como tantas personas se pierden el espectáculo de la naturaleza, un buen número de ellos absortos dentro de las pantallas de sus celulares, escasas personas leen y otro tanto concentrándose en la insufrible jungla que es el manejar en el tráfico limeño.

Ahora repaso Poesía Ingenua y Poesía Sentimental de Friedrich Schiller y me pareció conveniente dejarles los párrafos iniciales:





HAY en nuestra vida momentos en que dedicamos cierto amor y conmovido respeto a la naturaleza en las plantas, minerales, animales, paisajes, así como a la naturaleza humana en los niños, en las costumbres de la gente campesina y de los pueblos primitivos, no porque agrade a nuestros sentidos, ni tampoco porque satisfaga a nuestro entendimiento o gusto (en ambos respectos puede a menudo ocurrir lo contrario), sino por el mero hecho de ser naturaleza. Todo espíritu afinado que no carezca por completo de sentimientos lo experimenta cuando se pasea al aire libre, cuando vive en. el campo o cuando se detiene ante los monumentos de tiempos pasados; en suma, cuando el aspecto de la simple naturaleza lo sorprende en circunstancias y situaciones artificiales. En este interés, que no pocas veces llega a ser necesidad, se fundan muchas de nuestras aficiones, por ejemplo a flores y animales, a los jardines sencillos, a los paseos, al campo y sus habitantes, a muchas creaciones de la antigüedad remota, siempre que no entre en ello la afectación, ni algún otro interés accidental, Pero este modo de interés hacia la naturaleza nace sólo bajo dos condiciones.
En primer lugar, es absolutamente necesario que el objeto que nos lo inspira sea naturaleza o por lo menos que lo consideremos como tal; y luego, que sea ingenuo (en el más amplio significado de la palabra), es decir, que en él la naturaleza contraste con el arte y lo supere. Cuando esto último se agrega a lo primero, y sólo entonces, resulta ingenua la naturaleza.
La naturaleza, desde este punto de vista, no radica en otra cosa que en ser
espontáneamente, en subsistir las cosas por sí mismas, en existir según leyes propias e invariables.
Es indispensable que admitamos tal concepción si hemos de tomar interés en semejantes fenómenos. Aunque a una flor artificial pudiera dársele la más acabada y engañosa apariencia de naturaleza, aunque la ilusión de lo ingenuo en las costumbres pudiera llevarse hasta el máximo grado, al descubrir que era una imitación quedaría sin embarga anulado el sentimiento a que nos referimos.
De esto se desprende que tal manera de complacencia en la naturaleza no es estética, sino moral; porque no es producida directamente por la contemplación, sino por intermedio de una idea…



Y creo que una cuestión moral es además el tener presente nuestra condición de miembros de la misma naturaleza que contemplamos y la obligación que tenemos de respetarla y aprender de ella, de sus leyes y de su armonía.

Ya que lo artificial es tan efímero como la moda y como tantas tendencias imperantes.





Por favor no olvidarlo




En la foto: Atardecer en Los pantanos de Villa, con el típico cielo limeño

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