jueves, 20 de noviembre de 2014

La Relatividad de los sentimientos humanos


Fuente: Interstellar.com

En la película Interestelar, una niña cree que los fantasmas desordenan la biblioteca de su padre. Ella vive en  una Tierra post apocalíptica, acaso al borde de la extinción. Ya no tiene ejércitos y donde el bien más escaso es el alimento. Para complicar las cosas, el clima ha cambiado tanto que la sequía y las tormentas de polvo son comunes, haciendo la vida cotidiana más difícil e irrespirable,  más aun, las plagas diezman las cosechas aumentando la hambruna.

En medio de todo ello, conocemos a Cooper, un ingeniero y ex piloto espacial que ahora trabaja como granjero. Pero aquel mundo ya no necesita pilotos, solo agricultores. Cooper vive con su suegro y sus dos hijos, su esposa falleció por una enfermedad que en otra época hubiera sido detectada a tiempo. Cooper matiza su rutinaria labor como granjero mejorando el funcionamiento de tractores y segadoras pero nunca pierde la fascinación por el espacio ni las naves espaciales.

Murph, es la hija de Cooper. Murph ha heredado la capacidad de observación y deducción lógica de su padre, quien ante la creencia sobre fantasmas opone el método científico. Sin embargo, los “fantasmas” continúan emitiendo señales. Murph, siguiendo el patrón de señales que apunta en su cuaderno, descifra un mensaje de los fantasmas que Cooper interpreta como coordenadas. Este mensaje los lleva a un lugar secreto.

Más adelante, impulsado por un antiguo profesor, el Dr. Brand que continua trabajando para la NASA, Cooper encuentra la oportunidad de emprender una misión secreta y volver al espacio, esta vez en busca de nuevos planetas que alberguen a los seres humanos que encuentran cada vez más hostil la supervivencia en la Tierra. Más allá de realizar el sueño de todas su vida, Cooper enfrenta el conflicto real de dejar el planeta en pos de la salvación de la humanidad contra la necesidad de criar y ver crecer a sus hijos. En un viaje interestelar, el tiempo pasa más lento para quien viaja más rápido y es posible que a su regreso a la Tierra, Murph y Cooper tengan la misma edad. Paradojas de la teoría de la Relatividad.

Cooper y un  grupo de exploradores interestelares, entre ellos la hija del Profesor Brand, se lanza al espacio y saltará grandes distancias galácticas aprovechando la oportuna presencia de un Agujero de Gusano, un túnel en el espacio-tiempo intergaláctico que es un atajo que conecta grandes distancias que de otra manera tardarían años luz en alcanzarse, como un papel que se curva para unir dos puntos muy distantes. Además de pasar el agujero de gusano, la nave Endurance aprovecha la fuerza gravitacional de los sistemas estelares para darse impulso. Así, Cooper, Brand, Romilly y Doyle, desde el Endurance, desembarcan en planetas hostiles para la vida como la conocemos, pero más que eso descubren la enorme distancia que separa la teoría de la realidad, del engañoso poder de las apariencias y que un hecho objetivo no necesariamente es lo que pretende. Mientras aquellos exploradores descubren nuevos planetas y los propios límites de lo humano, no dejan de mantener el vínculo afectivo con sus seres queridos, el amor filial, una dimensión desconocida para las leyes astrofísicas. Este viaje alcanza su clímax cuando Endurance alcanza los bordes de un agujero negro, llamado Gargantúa, donde el espacio-tiempo se curva en un fondo de saco y la teoría de la relatividad se encuentra con la física cuántica en niveles que una mente humana no puede imaginar.

Murph y Cooper tienen una deuda afectiva pendiente, y cada uno a su manera emprende una aventura de aprendizaje que a la lejana, muy lejana, distancia se potencia mutuamente. Padre e hija, tienen una inteligencia tal que les permite comunicarse en códigos inesperados. Y entre ellos, como una nave interestelar, se cruza un bellísimo poema de Dylan Thomas, que atraviesa el campo cósmico a lo largo de los años luz: “No vayas tan de prisa hacia la perfecta noche…”. Es a través de aquel poema, una de las claves de la película, que entendemos la elasticidad del tiempo y del espacio, que de hacerse tan dúctiles y tersos devienen en circulares.  

Una fantasía calculada a partir de hechos científicos concretos, aunque con algunos vacíos narrativos, donde era mejor mostrar que contar, pero de una innegable belleza e impacto visual. Filmada en 70 mm, bajo el sistema IMAX, Interestelar durante sus 170 minutos, nos mantiene flotando en el inconmensurable éter del cosmos, donde al final del viaje podemos encontrarnos a nosotros mismos y a nuestro propio destino. Es una película sobre nuestros límites, de nuestra fragilidad en el tiempo y el espacio, nos habla de nuestras decisiones erradas y culpas, así como de los conflictos que generan las situaciones extremas.

“No vayas tan de prisa hacia la perfecta noche,la senectud debiera ser violenta e iracunda al final del día,iracunda, iracunda ante la extinción de la luz”

viernes, 3 de octubre de 2014

Boyhood, los episodios de la vida o la revelación del Black Album


Ayer hablaba del arte y de las coincidencias en una charla. Anoche veía una película que transitaba doce años en la vida de un niño, casi en tiempo real. Hoy escucho canciones de aquella película que me recuerdan mi infancia, pero también mi rol de padre.

Boyhood fue filmada a lo largo de 12 años en pequeños intervalos en los que el guion era escrito poco antes que los actores fueran convocados y que incluso obligó a la firma de un acuerdo entre David Linklater y Ethan Hawke, pues si algo le pasaba al primero, el segundo continuaría el proyecto.

En la película vemos literalmente crecer a Mason desde sus inocentes 6 años cuando tiene que soportar a su pequeña y desafinada hermana mayor cantando a Britney Spears, así como ver desde la ventana la discusión de sus padres. La complicidad de dos hermanos que ven con tristeza el mundo de los adultos, la disolución de su hogar y el escape a otra ciudad, con otro colegio y amigos.

De algún modo, todos crecen a lo largo de estos 12 años. La madre (Patricia Arquette) con esa infinita capacidad para involucrarse sentimentalmente con perdedores pero que a pesar de ello concluye su carrera, para luego ejercer como profesora e intentar reemplazar el hogar que les arrebató a sus hijos, luego de intentos fallidos entiende que se basta por sí sola. El padre (Ethan Hawke), en el difícil oficio de ejercer su paternidad a distancia, siguiendo a sus hijos mientras ellos van de casa en casa, a veces con intervalos muy largos, pero siempre, y a pesar de sus limitaciones, lo logra, está allí para acompañar, para aconsejar, para dar apoyo, para ser cómplice,  para ser su amigo en Facebook, porque cuando los hijos no quieren contar algo, allí están las redes sociales para revelarnos sus anhelos, triunfos y frustraciones. Samantha, su hermana, una niña que esquiva hábilmente las asperezas de una infancia y adolescencia en un hogar uniparental o la hostilidad de padrastros alcoholizados, para siempre mostrar una sonrisa y una actitud limpia frente a la vida.

Y finalmente Mason, un niño taciturno que ve pasar la vida de los demás desde una periferia autoimpuesta, donde el mundo más importante es el interior, mucho más rico y profundo que las emociones que expresa al exterior. Acompañamos los cambios físicos de la infancia a la adolescencia, a esos dolores emocionales y tangibles del crecimiento. En contraste a una Samantha extrovertida, optimista y sedienta de logros, Mason oponía una mirada sensible y un silencio que le permitía refugiarse en sus exploraciones de la vida natural, coleccionaba animalillos, plantas, piedras, ya de adolescente observaba y reflexionaba acera del comportamiento de los demás. En compensación, la naturaleza le devolvía el esplendor de sus formas y matices, no por nada se nos muestra a un Mason adolescente con una cámara fotográfica como mejor arma de comunicación.

Frente los avatares y la hostilidad propia de los seres humanos Mason colocaba una distancia terapéutica y reflexiva, en una de las escenas finales Mason reflexiona acerca de nosotros, mencionando que le fue más barato al sistema convertir a los humanos en robots antes que invertir en fabricarlos.

Boyhood también ofrece una mirada nostálgica sobre la sociedad, las relaciones entre padres e hijos y la formación de la personalidad desde la infancia. A su manera, Boyhood es un bildungsroman visual. Cuidadosamente editada, la película aparece lineal y trazada desde el inicio, cuando en realidad es una serie de escenas, a modo de fogonazos, sobre la vida de cualquiera de nosotros, una batalla infantil entre hermanos, las peleas entre padres, el momento de la cena en familia, los videojuegos, la visita al estadio, los paseos al campo, las fiestas juveniles, el primer amor, el cambio de colegios, la graduación, las salidas de fin de semana con el padre, las apuestas, los pequeños regalos, como el disco oculto de los Beatles, The Black Album, la colección de sus canciones como solistas, como símbolo del traspaso de las tradiciones de padres a hijos. Es otro de los aciertos de la película, su banda sonora, que nos devuelve las emociones de una época. Boyhood tiene momentos épicos y puntos de quiebre a partir de una canción, un regalo o una reunión familiar. Es la vida como un continuo que se transmite de padres a hijos.

Si la madre es la que impone las reglas en el nido, el padre distante aprovecha esos pequeños momentos de diversión en el parque, en el campo, durante un viaje en auto o en el restaurant para hacerlo trascendente con sus lecciones de vida: estudiar, portarse bien, hablar de sexo, dar regalos, así como aconsejar a adolescentes con sus crisis amorosas.

Y en todos estos años se teje una urdimbre de vínculos afectivos que se fortalece en el tiempo, donde cada simple episodio revela a sus personajes la complejidad de la vida, con sus altos y bajos. De este modo, la película se aparece como un gran espejo donde nos vemos reflejados en cada momento, ya sea haciendo de hijo o de padre, cuando vemos a nuestro padre como superhombre, cuando el padre hace equilibrios para ver a sus hijos, cuando nos damos cuenta que vivimos una vida solo para pedir y dar el afecto a nuestra familia, que los vínculos entre padres e hijos son tan fuertes que perduran a pesar de la distancia y que sin importar lo que logremos en la vida, nuestros padres serán siempre nuestros héroes y cuando somos padres, los hijos son una extensión de nosotros, por eso algo muy profundo se nos quiebra cuando ellos alcanzan sus pequeños grandes triunfos o sufren alguna frustración.


Es en esta diáspora continua que es la vida, que aquellos vínculos que sembramos son los que amortiguan cualquier aspereza. Por eso, anoche, ya en mi cama, tracé imaginariamente en la oscuridad, y bajo el cielo raso de mi habitación, elipsis gigantes para unirme a todas las personas que amo, mi pequeña familia. Y dormí feliz.  

sábado, 19 de julio de 2014

Comenzó la fiesta de los libros


Arrancó la versión 19 de la Feria Internacional del Libro de Lima. La primera de la nueva junta directiva de la Cámara Peruana del Libro. El local, el mismo de los últimos años, el parque de Los Próceres. El país invitado de honor es Chile, pero para ser más precisos se ha privilegiado esta vez a la Región de Antofagasta.

Hay algunos cambios arquitectónicos que resaltar: si bien se ha respetado el diseño en círculos, los espacios de los stands y los pasillos son más amplios. La caminata se hace más agradable aun en los momentos de mayor densidad de visitantes. La altura de los toldos es mayor y la configuración a dos aguas le ofrece mayor amplitud al espacio y por ende una mayor ventilación, veremos cómo se desarrolla el espacio en los días pico (fiestas patrias). Un solo problema, si es me pongo algo exquisito, el color de los toldos es intenso y puede hacer que la luminosidad se coloree de rojo en todo el ambiente. Pero es un tema menor.

Hay espacios diferenciados para niños, una sola y amplia cafetería, mayores instalaciones para servicios higiénicos. Faltan contenedores para la disposición de residuos sólidos pero acaso es un defecto del primer día ya que todavía se estaban haciendo trabajos de instalación.

La rotonda central no solo es más amplia sino que se han colocado algunos sillones que sirven de descanso para una lectura rápida o simplemente hacer un alto en el paseo. Un detalle muy agradable. Los expositores han jugado un partido aparte, al tener un mayor espacio, los stands lucen con un diseño particular y distintivo que atrae la visita. Me llamaron la atención los stands de Océano, Ibero, Fondo de Cultura Económica (que parece un lounge), Petroperú, Planeta, Pontificia Universidad Católica, el pabellón de Chile (que cuenta con su propia sala de conferencias), Estruendomudo (con una simpática disposición de canastillas), SM, Librería Inestable, Universidad del Pacífico, el Comercio (con mobiliario de papel), Santillana y el pabellón de Argentina (que lamentablemente no tiene títulos en venta pero con un singular diseño para la exhibición).
 
Otra novedad es el horario, la feria abre sus puertas desde las 11 de la mañana. La entrada cuesta 5 soles para el público en general. Los estudiantes de educación superior y los profesores de educación regular pagan 3 soles (universitarios no olviden llevar su carnet). Los alumnos de primaria ingresan gratuitamente, al igual que los mayores de 65 años.

Hay ofertas y no pierdan la oportunidad de pedirlas. La gran mayoría de stands cuentan con un terminal POS para pagos con tarjetas de crédito y débito. Existen casos singulares donde el pago es en efectivo. Sobre todo en el área de nuestros queridos libros de viejo.

Hay un extenso programa cultural todos los días, si desea conocer la programación completa puede solicitarla en la entrada. Este año el programa viene bajo la forma de un periódico. Las presentaciones de libros, conferencias y talleres son prometedoras así como los homenajes: a Nicanor Parra que cumple 100 años, a Gabriel García Márquez, entre otros. También hay una programación musical como cierre del día.

Pero el plato fuerte esta en los libros, hay de todo como en botica y cumplir con el lema de este año: Leer está en tus manos. Están invitados a la fiesta.

lunes, 7 de julio de 2014

El ABC del Chikungunya



Fuente: University of Florida
 
La naturaleza siempre nos sorprende con un nuevo zarpazo. Esta vez ayudado por la mano del hombre. Una vez consideradas enfermedades endémicas confinadas a un ecosistema particular se propagan por la rapidez con la que seres humanos viajan entre continentes. Esta vez le ha tocado atravesar las barreras migratorias a un nuevo virus, conocido por los reportes epidemiológicos internacionales pero insospechado en nuestras tierras.

Su nombre deriva de una palabra del dialecto Swahili o Makonde: Kun qunwala (que significa “quedar encorvado”). Es un alfavirus tropical que da el nombre también a la enfermedad: Chikungunya. Este virus fue reportado por primera vez entre 1952-1953 en la Meseta Makonde situada en una provincia sureña de Tanzania (antiguamente Tanganika), es transmitido por mosquitos del género Aedes (A. aegypti y A.albopictus). Un virus de la misma familia es endémico en la selva peruana, el Mayaro.

El virus Chikungunya se ha diseminado a lo largo de este tiempo por las regiones tropicales de África Central, el Sudeste Asiático y la India. Hace unos años fue reportado en Europa y en los Estados Unidos, como casos anecdóticos. La enfermedad es propia de las zonas tropicales y ocurre como epidemias que se presentan en las temporadas de lluvia, época que aumenta la densidad poblacional del mosquito vector. Recuerden que el calor aumenta y acelera  la eclosión de huevos de mosquitos.  Este virus se transmite entre humanos durante los brotes epidémicos pero fuera de estos periodos tiene como reservorios a monos, roedores, aves y otros invertebrados. Estos animales presentan el virus en la sangre pero no síntomas prominentes. Mientras que en el África es una enfermedad rural y endémica, en Asia es urbana y epidémica.

A inicios del año se reportaron los primeros casos de la infección por Chikungunya en algunas islas del Caribe. La llegada al Perú era cuestión de tiempo. Así como hace algunos años los primeros casos importados de Influenza H1N1 procedieron de jóvenes que viajaron a resorts de República Dominicana, esta vez los tres casos reportados de infección por Chikungunya identificados por el Ministerio de Salud, proceden del mismo país.

La infección es muy similar al Dengue, un virus de otra familia pero que comparte el mismo vector y algunas características clínicas. Tiene un tiempo de incubación promedio de 2-4 días (pero que puede ir de 1 a 12 días). Los síntomas son fiebre alta (hasta 40°C), dolor de cabeza, dolores musculares y articulares que provocan que el paciente se encorve. Las articulaciones se afectan de manera simétrica, es decir a ambos lados del cuerpo: muñecas, codos, rodillas, tobillos, dedos de manos y pies. Algunas veces puede presentar una erupción cutánea, edema (hinchazón) facial. Puede afectar a niños provocando además sangrado gingival o petequias (minúsculas manchas de sangre en la piel). Si el virus infecta a una mujer embarazada ocurre la probabilidad que se transmita al feto a al recién nacido.

Los síntomas se resuelven entre 7 a 10 días de manera espontánea, pues no existe tratamiento específico, pero pueden permanecer como secuela incapacitante el dolor y la inflamación articular. Tal persistencia puede durar meses.

No existe vacuna contra el virus Chikungunya pero las personas infectadas desarrollan inmunidad protectora por largo tiempo. Se puede detectar el virus circulante en sangre desde el inicio de los síntomas y los anticuerpos específicos aparecen a la semana (IgM) y a los 15 días (IgG).

El diagnóstico puede ser Posible (manifestaciones clínicas), Probable (clínica más antecedente epidemiológico) y Confirmado (clínica, epidemiología y laboratorio). Es muy factible que las pruebas específicas de laboratorio estén disponibles en Perú y si lo fuera estarían solo en laboratorios de referencia.

El control del mosquito es la mejor medida de prevención. Las campañas contra la diseminación del Dengue serán igual de efectivas pues se ataca al vector común (mosquiteros, repelentes, usar ropa con mangas largas, eliminación de reservorios de agua).

A pesar de tener un invierno cálido no parece existir un riesgo inmediato de brote de Chikungunya. Sin embargo, la vigilancia epidemiológica y el control migratorio son vitales para evitar la propagación en nuestro territorio de una enfermedad más severa que el Dengue y a la que potencialmente estamos expuestos por presentar el ecosistema favorable a esta infección: vivir en una región tropical que por ahora no expresa el clima de mayor calor y humedad (a partir de Octubre en costa y selva).

viernes, 23 de mayo de 2014

Disquisiciones alucinógenas


Mi experiencia más cercana con alucinógenos ocurrió en una fría sala de operaciones rociada con el inconfundible olor a asepsia. El anestesiólogo me colocó una mascarilla y me pidió que contara hasta tres.  Obediente para mis tareas, continué aspirando el éter más allá de tres y en lo que podría ser el ingreso al sueño profundo, sobre el  fondo negro que era mi visión, una estrellita sonriente saltaba una y otra vez sobre una cadena móvil de montañas. No recuerdo mucho más, solo que desperté ya operado  en el cuarto de la clínica. Desde entonces, la fiebre alta de mis múltiples resfriados infantiles y el tratamiento con jarabes para la tos, me harían ver la misma estrellita saltarina además de sentir que caminaba sobre algodones  o que escuchaba  las voces con un ligero eco.

Tiempo después, las alucinaciones de otros llamarían mi atención en aquellos orates que gritaban a seres imaginarios en la calle o en la imperiosa curiosidad al escuchar las conversaciones de adultos acerca de los “diablos azules” secundarios sufridos por algún conocido luego de una potente intoxicación alcohólica. Años más tarde, las encefalopatías y las psicosis se convertirían más que curiosidad en uno de mis  objetos de estudio.

Las alucinaciones y los alucinados, como los epilépticos, marcaron por muchos años ciertos aspectos de la humanidad. Una locura que muchas veces se confundía con las prácticas místicas, con viajes trascendentales del alma o con emprendimientos épicos. El camino a las alucinaciones por lo general era producto de alguna enfermedad mental como la esquizofrenia, otras veces por infecciones cerebrales no reconocidas entonces, pero otras fueron provocadas primero por accidente, luego por repetición, del consumo de plantas alucinógenas como amapolas, khat, burundanga, hachís, vistosos hongos psilocibios, peyote, ayahuasca y el famoso cornezuelo del centeno, éste último un moho (el hongo Secale cornutum)  que crece sobre el cereal.

El cornezuelo del centeno es singular en la historia de la medicina. Sus componentes químicos dieron lugar  a grandes envenenamientos masivos en la Alta Edad Media, resultantes de la intoxicación con ergotamina –hoy tratamiento de la migraña- provocando la necrosis de las extremidades, llamada peste gangrenosa  (ergotismus  gangraenosus) y que podía llegar hasta las convulsiones (ergotismus convulsivus). Tales envenenamientos fueron llamados ignis sacer o fuego sacro y tuvieron como patrono cuidador a San Antonio. Pero del cornezuelo del centeno salió también la ergobasina, conocida por sus propiedades de contraer el útero y prevenir las hemorragias post parto. Desde los laboratorios de Alemania se extrajo otro alcaloide conocido como sustancia 25,  con efectos distintos a los anteriores. Se  le llamó Lyserg säure diäthylamid, conocida mundialmente como LSD.

LSD, cannabinol (marihuana, hachís), mescalina (peyote), dimetiltriptamina (ayahuasca), opio (bajo la forma de láudano) y sus derivados, los opioides (Morfina, Heroína, entre otros) actúan activando diversos receptores neuronales ya presentes en el cuerpo. Los seres humanos tenemos los mismos receptores pero nacemos con combinaciones distintas,  estamos predestinados genéticamente. Por ejemplo, para los opioides tenemos los receptores alfa, delta, kappa y dentro de cada uno de ellos hay variedades (1, 2, 3, etc.). Un barajamiento de genes determinará nuestra clave de susceptibilidad a las drogas psicoactivas o a nuestras morfinas endógenas, las endorfinas, aquellos neurotransmisores que nos da la sensación de paz, placer y bienestar. No en vano una inyección de heroína provoca una rápida sensación de placer, similar a un orgasmo, para luego embarcar al individuo en un desfile alucinatorio.

Las alucinaciones abren las puertas de la percepción, sobre todo de los colores y las formas, que se expresaran en tonalidades intensas y caprichosas. Aldous Huxley, autor de Un Mundo Feliz, al probar mescalina en un experimento, creyó encontrar los orígenes y la esencia del universo en un ramo de flores o en las patas de una silla. Del mismo modo, los brujos de la tribu adquirían la capacidad de entrar al  mundo de los sueños, los dioses y las almas perdidas. Pero no solo ellos, en un momento de la historia los médicos solo eran curanderos y brujos, luego sacerdotes. Solo con el tiempo, la observación sistemática y el desarrollo de la filosofía natural se encargaron de abrir los caminos divergentes entre ciencia y religión.

De este modo, las drogas psicoactivas permitían atravesar el espejo que divide los mundos pero a un alto costo, el de la enajenación y la adicción. De una manera u otra, grandes pensadores, escritores, músicos, artistas plásticos caían en forma temporal o permanente en el campo de los alucinógenos.

Si esto contribuyó a su grandeza es difícil decirlo. Lo mismo podríamos decir de todos aquellos que sufrían de depresión, esquizofrenia o manía. Pero algo debe existir en aquellos cerebros que han construido cortocircuitos, truenos y relámpagos entre sus conexiones neuronales. Aquellas personas podían lograr estados extremos y sublimes de sensibilidad y creatividad como por contraste podían comportarse de un modo que volvían miserable su propia vida o la de sus seres más cercanos.

Cielo e infierno son capaces de coexistir y alternar en cada uno de nosotros, acaso la culpa sean las dosis de nuestros neurotransmisores, los propios o los ajenos. Ahora ya sabemos cómo funcionan nuestras neuronas y sus sustancias, ya no podemos dar explicaciones elípticas como uno de los médicos que creó Moliere cuando explicaba que el opio hacía dormir porque tenía la propiedad dormitiva.

La vida, como nuestra conciencia y nuestra percepción de la realidad, es una puerta giratoria, que unas veces podemos dominar y otras quedar a merced de fuerzas ajenas a nuestra voluntad o a las de un inquieto demiurgo farmacológico.

lunes, 12 de mayo de 2014

Gritaban las cajas de algodón en el hospital


Hijo de Jesús de Denis Johnson es una colección de relatos o una nouvelle fragmentada cuya clasificación se la dejo a los especialistas. Lo cierto es que el libro es una galería de historias de junkies, seres humanos desarraigados de los cánones sociales, que entran y salen de su conciencia a causa del efecto o abstinencia de drogas. Jóvenes extraviados en algún lugar de las coordenadas y los límites de la realidad pero desde quienes afloran chispazos de lucidez, amor y  profundidad moral pero también de una crueldad distante y aséptica hacia los demás.

Los personajes de Hijos de Jesús viven con altos niveles en sangre de marihuana, heroína, psicofármacos o alcohol. Hacen autostop, revolotean dentro de los hospitales, habitual refugio para intoxicados, donde contra lo que pudiera creerse a veces no hay una clara distinción de comportamiento entre el personal y los pacientes.

La cantidad de psicofármacos legales producidos en el mundo exceden largamente el número de consumidores formales. El excedente es filtrado entonces hacia el mercado negro. Debido a ello, nuestro personaje principal y sus eventuales compañeros de ruta disfrutan de algunos comprimidos de LSD, anfetaminas, fenciclidina, pentazocina, opiáceos, antihistamínicos, extractos de hongos o heroína que toman indistintamente y de acuerdo a la disponibilidad en el mercado. Una mezcla que llevará a nuestros amigos a estados de alucinación, despersonalización, paranoia y confusión.

Aquellas pastillas que nuestros personajes llevan en los bolsillos, que mastican y sienten “…con un sabor parecido al olor de la orina, otras a algo quemado, otras a tiza…” provocan estados mentales que aumentan la percepción de los sentidos, donde el entorno se percibe como propio en colores y sonidos intensos. Mientras el cuerpo pierde materia y se funde en el ambiente,  surge una sensación aparente de mayor actividad mental, los pensamientos afloran con mayor fluidez. Por eso nuestro personaje siente, en una oscura tarde lluviosa, que le han arrancado el revestimiento de las venas y conoce cada gota de lluvia por su nombre. Es por el efecto farmacológico que Georgie, el limpiador del hospital, escucha chillar a sus zapatos que han pisado un charco de sangre en el tópico de emergencia. A nuestros personajes se hacen borrosos los límites entre alucinación y realidad, incluso luego de una inyección de “vitaminas” en una clínica de desintoxicación:

Llovía. Helechos gigantes sobre nosotros. El bosque se deslizaba por una colina. Podía oír un arroyo correr entre las piedras. Y ustedes, ustedes, gente ridícula, ustedes esperaban que yo les ayudase

En esta travesía de seres intoxicados por drogas psicoactivas, con los neurotransmisores en estado de caos, se entrecruzan diversos personajes que disfrutan de un estado de cinismo, abulia y apatía pero que paradójicamente ejercitan una mayor fraternidad entre pares. En los textos de Hijo de Jesús deambulan tipos con un cuchillo incrustado en el cráneo, un sujeto que revienta el parabrisas al salir expulsado del auto en un choque frontal, un chofer que atropella una coneja preñada pero que rescata a sus fetos, otro que llega tan borracho que no se percata de la nota del gesto suicida de la esposa, la que termina muriendo sin que nadie la rescate. No hay límites claros entre la realidad y los sueños vívidos, entre el amor y el dolor, entre las fuerzas de la naturaleza y la condición humana, la bondad, la miseria o la crueldad. Es como si alguien, un Dios con un retorcido sentido del humor,  hubiera desanudado las conexiones cerebrales de un porrazo.

“¿Me creerían si les digo que había ternura en su corazón? Su mano izquierda no sabía lo que estaba haciendo su mano derecha. Ciertas conexiones muy importantes se habían quemado en su interior y ya no había conexión alguna entre un lado y otro. Si abriera tu cabeza y pasara por ahí dentro, a través de tu cerebro, uno de esos hierros al rojo vivo que se usan para soldar, yo podría convertirte en algo así”

Con el cuerpo calloso desenchufado por alucinógenos que despellejan la conciencia, haciéndola más lucida y a la vez más vulnerable, aquellas personas son víctimas de un nihilismo alucinante que se conmueven con un moribundo en sus últimos estertores, ante seres comunes que padecen una vida rutinaria o ante los habitantes de un asilo para incurables. Los personajes de Hijo de Jesús viven la pasión erótica momentánea como amor profundo pero al final todos aquellos seres de alguna manera han deshecho sus vínculos afectivos con la pareja, la familia o los hijos. Los únicos enlaces con la vida parecen ser la clínica de desintoxicación, los paisajes naturales o el Antabuse

Rodrigo Fresán, el traductor de Hijo de Jesús, advierte al lector de los sobresaltos narrativos, de las ecolalias y de las distorsiones en el tiempo y espacio de los personajes de esta obra. Se dice de los alucinógenos  provocan un estado pensamiento no lineal, de un saltar en secuencias lógicas desordenadas y en la incapacidad de razonar a través de problemas como lo hace el común de la gente. Es en esta forma de narrar, como en una alucinación psicodélica, parecen fundirse los bordes entre personaje y narrador

 ¿Se paga un precio por soñar? En esta nouvelle o serie de relatos, la transición alucinada de  los sueños a la realidad, o viceversa, se compra por unos cuantos dólares en un viaje geográfico e interior que no se agota ni una línea, hasta la siguiente desintoxicación con Haloperidol.

lunes, 21 de abril de 2014

Volátil


No suelo salir del hospital pero aquella mañana los trámites se convertían en impostergables. El cielo estaba despejado y corría una brisa fresca. Felizmente todo se resolvió pronto y tomé el taxi de regreso. En esta ciudad, los taxis circulan continuamente por las calles y los precios se pactan en una rápida negociación. Paró un taxi amarillo, su chofer usaba unos anteojos llamativos. Acordamos el precio.

Tengo la costumbre de sentarme en el asiento posterior y abrir toda la ventana. Ya era casi mediodía y el calor había aumentado. En el camino pensaba lo polvorienta que es la ciudad, acaso por comenzar a sentir un cosquilleo en la garganta, así como lo extendidas que están las construcciones, como aquella edificación nueva que veía pasar rápido. A la sensación de la garganta se sumó la nariz, pero me distraje sacando el dinero para pagar, ya que estaba por llegar a la puerta posterior del hospital.

Llegué, pagué y bajé. Una vez parado en la pista sentí de pronto un vahído. Sentía como si una fuerza interior me jalara con todas sus fuerza hacia el suelo. Miré al costado, no pasaban carros y crucé la pista. Al caminar sentía como si lo hiciera sobre algodones, mareado con algo de visión borrosa. Me dije “continúa, ya pasará”, mientras avanzaba sentía que mis latidos se aceleraban. Hice un  par de llamadas pero no obtuve respuesta. Me detuve unos segundos para tomarme el pulso, tenía taquicardia. ¿Será por el susto? pensé y apuré la marcha. En el camino me crucé con un par de amigos, intercambiamos unas palabras y seguí caminando. Mi destino era la emergencia.  No debo estar tan mal ya que no se han dado cuenta, me dije

Bajé la rampa y ya estaba en medio del tópico de medicina. No tenía claro que tenía, pero seguía el mareo y la sensación de vahído. Acaso el alfajor que compré estaba contaminado. ¿Sería con insecticida? Entre al baño, abrí la boca frente al espejo buscando las fasciculaciones de la lengua, propias del envenenamiento con insecticidas. Nada, mi lengua estaba normal. Intenté ver mis pupilas y me parecieron de tamaño normal.

Salí del baño. El tópico de emergencia era un caos, enfermos en camillas, en sillas de rueda, en la banca. Todos peores que yo. No intenté buscar ayuda allí. Ingresé a las salas de observación y encontré a uno de mis residentes haciendo tranquilamente unas notas. Le pedí que me tomara la presión. “No me siento bien”, le dije, sin dar más explicaciones.

“120/70” me respondió, minutos después. Al menos no soy hipertenso, pensé. Le pedí que examinara mis pupilas. Están de tamaño normal, me respondió. Gracias, le dije y me quedé pensando. No estaba envenenado, no era una crisis hipertensiva, ni parecía un infarto ¿qué era? Me quede leyendo en la sala de observación. De cuando en cuando me tomaba el pulso que estaba con una frecuencia normal. El efecto comenzaba a desvanecerse.

¡Eso era! Había un efecto farmacológico. El viaje en taxi, el cosquilleo en la garganta. Algún producto volátil para provocar sueño ¿éter, cloroformo, sevoflurane? Qué diablos, el viaje fue menos de 7 minutos e iba con la ventana abierta, ni tanto para dormirme ni tan poco para no provocar efectos.

Agradecí que dentro de todo esto me pasara en el hospital, donde tenía todo a la mano. Había resuelto parcialmente la incertidumbre, ya no sentía sueño ni mareos. Cerré el libro, me despedí del personal y salí de la emergencia. Hice una llamada. Conté el suceso y no me quedó más que reírme.
 
Horas más tarde, regresé a casa en bus, con la seguridad que lo único tóxico sería el humo de los autos y el polvo perenne de la ciudad. Así soy, pensé, siempre tratando de resolver las dudas, incluso cuando de mi propia enfermedad se trata, pero también con la terquedad de no pedir ayuda abiertamente.

Días después, saliendo del hospital vi aquel taxi, me acerqué para ver al chofer. Era él mismo, pero ya no tenía los anteojos extraños, ahora usaba una barba rala. Creo que alcanzó a mirarme.

Como acusarlo, nadie me creería. No tenía pruebas.
 
Resignado crucé la pista en dirección al paradero de buses. En la avenida estaban los de siempre, los vendedores ambulantes, los policías, muchos peatones y claro, muchos otros taxis.