viernes, 3 de octubre de 2014

Boyhood, los episodios de la vida o la revelación del Black Album


Ayer hablaba del arte y de las coincidencias en una charla. Anoche veía una película que transitaba doce años en la vida de un niño, casi en tiempo real. Hoy escucho canciones de aquella película que me recuerdan mi infancia, pero también mi rol de padre.

Boyhood fue filmada a lo largo de 12 años en pequeños intervalos en los que el guion era escrito poco antes que los actores fueran convocados y que incluso obligó a la firma de un acuerdo entre David Linklater y Ethan Hawke, pues si algo le pasaba al primero, el segundo continuaría el proyecto.

En la película vemos literalmente crecer a Mason desde sus inocentes 6 años cuando tiene que soportar a su pequeña y desafinada hermana mayor cantando a Britney Spears, así como ver desde la ventana la discusión de sus padres. La complicidad de dos hermanos que ven con tristeza el mundo de los adultos, la disolución de su hogar y el escape a otra ciudad, con otro colegio y amigos.

De algún modo, todos crecen a lo largo de estos 12 años. La madre (Patricia Arquette) con esa infinita capacidad para involucrarse sentimentalmente con perdedores pero que a pesar de ello concluye su carrera, para luego ejercer como profesora e intentar reemplazar el hogar que les arrebató a sus hijos, luego de intentos fallidos entiende que se basta por sí sola. El padre (Ethan Hawke), en el difícil oficio de ejercer su paternidad a distancia, siguiendo a sus hijos mientras ellos van de casa en casa, a veces con intervalos muy largos, pero siempre, y a pesar de sus limitaciones, lo logra, está allí para acompañar, para aconsejar, para dar apoyo, para ser cómplice,  para ser su amigo en Facebook, porque cuando los hijos no quieren contar algo, allí están las redes sociales para revelarnos sus anhelos, triunfos y frustraciones. Samantha, su hermana, una niña que esquiva hábilmente las asperezas de una infancia y adolescencia en un hogar uniparental o la hostilidad de padrastros alcoholizados, para siempre mostrar una sonrisa y una actitud limpia frente a la vida.

Y finalmente Mason, un niño taciturno que ve pasar la vida de los demás desde una periferia autoimpuesta, donde el mundo más importante es el interior, mucho más rico y profundo que las emociones que expresa al exterior. Acompañamos los cambios físicos de la infancia a la adolescencia, a esos dolores emocionales y tangibles del crecimiento. En contraste a una Samantha extrovertida, optimista y sedienta de logros, Mason oponía una mirada sensible y un silencio que le permitía refugiarse en sus exploraciones de la vida natural, coleccionaba animalillos, plantas, piedras, ya de adolescente observaba y reflexionaba acera del comportamiento de los demás. En compensación, la naturaleza le devolvía el esplendor de sus formas y matices, no por nada se nos muestra a un Mason adolescente con una cámara fotográfica como mejor arma de comunicación.

Frente los avatares y la hostilidad propia de los seres humanos Mason colocaba una distancia terapéutica y reflexiva, en una de las escenas finales Mason reflexiona acerca de nosotros, mencionando que le fue más barato al sistema convertir a los humanos en robots antes que invertir en fabricarlos.

Boyhood también ofrece una mirada nostálgica sobre la sociedad, las relaciones entre padres e hijos y la formación de la personalidad desde la infancia. A su manera, Boyhood es un bildungsroman visual. Cuidadosamente editada, la película aparece lineal y trazada desde el inicio, cuando en realidad es una serie de escenas, a modo de fogonazos, sobre la vida de cualquiera de nosotros, una batalla infantil entre hermanos, las peleas entre padres, el momento de la cena en familia, los videojuegos, la visita al estadio, los paseos al campo, las fiestas juveniles, el primer amor, el cambio de colegios, la graduación, las salidas de fin de semana con el padre, las apuestas, los pequeños regalos, como el disco oculto de los Beatles, The Black Album, la colección de sus canciones como solistas, como símbolo del traspaso de las tradiciones de padres a hijos. Es otro de los aciertos de la película, su banda sonora, que nos devuelve las emociones de una época. Boyhood tiene momentos épicos y puntos de quiebre a partir de una canción, un regalo o una reunión familiar. Es la vida como un continuo que se transmite de padres a hijos.

Si la madre es la que impone las reglas en el nido, el padre distante aprovecha esos pequeños momentos de diversión en el parque, en el campo, durante un viaje en auto o en el restaurant para hacerlo trascendente con sus lecciones de vida: estudiar, portarse bien, hablar de sexo, dar regalos, así como aconsejar a adolescentes con sus crisis amorosas.

Y en todos estos años se teje una urdimbre de vínculos afectivos que se fortalece en el tiempo, donde cada simple episodio revela a sus personajes la complejidad de la vida, con sus altos y bajos. De este modo, la película se aparece como un gran espejo donde nos vemos reflejados en cada momento, ya sea haciendo de hijo o de padre, cuando vemos a nuestro padre como superhombre, cuando el padre hace equilibrios para ver a sus hijos, cuando nos damos cuenta que vivimos una vida solo para pedir y dar el afecto a nuestra familia, que los vínculos entre padres e hijos son tan fuertes que perduran a pesar de la distancia y que sin importar lo que logremos en la vida, nuestros padres serán siempre nuestros héroes y cuando somos padres, los hijos son una extensión de nosotros, por eso algo muy profundo se nos quiebra cuando ellos alcanzan sus pequeños grandes triunfos o sufren alguna frustración.


Es en esta diáspora continua que es la vida, que aquellos vínculos que sembramos son los que amortiguan cualquier aspereza. Por eso, anoche, ya en mi cama, tracé imaginariamente en la oscuridad, y bajo el cielo raso de mi habitación, elipsis gigantes para unirme a todas las personas que amo, mi pequeña familia. Y dormí feliz.  

sábado, 19 de julio de 2014

Comenzó la fiesta de los libros


Arrancó la versión 19 de la Feria Internacional del Libro de Lima. La primera de la nueva junta directiva de la Cámara Peruana del Libro. El local, el mismo de los últimos años, el parque de Los Próceres. El país invitado de honor es Chile, pero para ser más precisos se ha privilegiado esta vez a la Región de Antofagasta.

Hay algunos cambios arquitectónicos que resaltar: si bien se ha respetado el diseño en círculos, los espacios de los stands y los pasillos son más amplios. La caminata se hace más agradable aun en los momentos de mayor densidad de visitantes. La altura de los toldos es mayor y la configuración a dos aguas le ofrece mayor amplitud al espacio y por ende una mayor ventilación, veremos cómo se desarrolla el espacio en los días pico (fiestas patrias). Un solo problema, si es me pongo algo exquisito, el color de los toldos es intenso y puede hacer que la luminosidad se coloree de rojo en todo el ambiente. Pero es un tema menor.

Hay espacios diferenciados para niños, una sola y amplia cafetería, mayores instalaciones para servicios higiénicos. Faltan contenedores para la disposición de residuos sólidos pero acaso es un defecto del primer día ya que todavía se estaban haciendo trabajos de instalación.

La rotonda central no solo es más amplia sino que se han colocado algunos sillones que sirven de descanso para una lectura rápida o simplemente hacer un alto en el paseo. Un detalle muy agradable. Los expositores han jugado un partido aparte, al tener un mayor espacio, los stands lucen con un diseño particular y distintivo que atrae la visita. Me llamaron la atención los stands de Océano, Ibero, Fondo de Cultura Económica (que parece un lounge), Petroperú, Planeta, Pontificia Universidad Católica, el pabellón de Chile (que cuenta con su propia sala de conferencias), Estruendomudo (con una simpática disposición de canastillas), SM, Librería Inestable, Universidad del Pacífico, el Comercio (con mobiliario de papel), Santillana y el pabellón de Argentina (que lamentablemente no tiene títulos en venta pero con un singular diseño para la exhibición).
 
Otra novedad es el horario, la feria abre sus puertas desde las 11 de la mañana. La entrada cuesta 5 soles para el público en general. Los estudiantes de educación superior y los profesores de educación regular pagan 3 soles (universitarios no olviden llevar su carnet). Los alumnos de primaria ingresan gratuitamente, al igual que los mayores de 65 años.

Hay ofertas y no pierdan la oportunidad de pedirlas. La gran mayoría de stands cuentan con un terminal POS para pagos con tarjetas de crédito y débito. Existen casos singulares donde el pago es en efectivo. Sobre todo en el área de nuestros queridos libros de viejo.

Hay un extenso programa cultural todos los días, si desea conocer la programación completa puede solicitarla en la entrada. Este año el programa viene bajo la forma de un periódico. Las presentaciones de libros, conferencias y talleres son prometedoras así como los homenajes: a Nicanor Parra que cumple 100 años, a Gabriel García Márquez, entre otros. También hay una programación musical como cierre del día.

Pero el plato fuerte esta en los libros, hay de todo como en botica y cumplir con el lema de este año: Leer está en tus manos. Están invitados a la fiesta.

lunes, 7 de julio de 2014

El ABC del Chikungunya



Fuente: University of Florida
 
La naturaleza siempre nos sorprende con un nuevo zarpazo. Esta vez ayudado por la mano del hombre. Una vez consideradas enfermedades endémicas confinadas a un ecosistema particular se propagan por la rapidez con la que seres humanos viajan entre continentes. Esta vez le ha tocado atravesar las barreras migratorias a un nuevo virus, conocido por los reportes epidemiológicos internacionales pero insospechado en nuestras tierras.

Su nombre deriva de una palabra del dialecto Swahili o Makonde: Kun qunwala (que significa “quedar encorvado”). Es un alfavirus tropical que da el nombre también a la enfermedad: Chikungunya. Este virus fue reportado por primera vez entre 1952-1953 en la Meseta Makonde situada en una provincia sureña de Tanzania (antiguamente Tanganika), es transmitido por mosquitos del género Aedes (A. aegypti y A.albopictus). Un virus de la misma familia es endémico en la selva peruana, el Mayaro.

El virus Chikungunya se ha diseminado a lo largo de este tiempo por las regiones tropicales de África Central, el Sudeste Asiático y la India. Hace unos años fue reportado en Europa y en los Estados Unidos, como casos anecdóticos. La enfermedad es propia de las zonas tropicales y ocurre como epidemias que se presentan en las temporadas de lluvia, época que aumenta la densidad poblacional del mosquito vector. Recuerden que el calor aumenta y acelera  la eclosión de huevos de mosquitos.  Este virus se transmite entre humanos durante los brotes epidémicos pero fuera de estos periodos tiene como reservorios a monos, roedores, aves y otros invertebrados. Estos animales presentan el virus en la sangre pero no síntomas prominentes. Mientras que en el África es una enfermedad rural y endémica, en Asia es urbana y epidémica.

A inicios del año se reportaron los primeros casos de la infección por Chikungunya en algunas islas del Caribe. La llegada al Perú era cuestión de tiempo. Así como hace algunos años los primeros casos importados de Influenza H1N1 procedieron de jóvenes que viajaron a resorts de República Dominicana, esta vez los tres casos reportados de infección por Chikungunya identificados por el Ministerio de Salud, proceden del mismo país.

La infección es muy similar al Dengue, un virus de otra familia pero que comparte el mismo vector y algunas características clínicas. Tiene un tiempo de incubación promedio de 2-4 días (pero que puede ir de 1 a 12 días). Los síntomas son fiebre alta (hasta 40°C), dolor de cabeza, dolores musculares y articulares que provocan que el paciente se encorve. Las articulaciones se afectan de manera simétrica, es decir a ambos lados del cuerpo: muñecas, codos, rodillas, tobillos, dedos de manos y pies. Algunas veces puede presentar una erupción cutánea, edema (hinchazón) facial. Puede afectar a niños provocando además sangrado gingival o petequias (minúsculas manchas de sangre en la piel). Si el virus infecta a una mujer embarazada ocurre la probabilidad que se transmita al feto a al recién nacido.

Los síntomas se resuelven entre 7 a 10 días de manera espontánea, pues no existe tratamiento específico, pero pueden permanecer como secuela incapacitante el dolor y la inflamación articular. Tal persistencia puede durar meses.

No existe vacuna contra el virus Chikungunya pero las personas infectadas desarrollan inmunidad protectora por largo tiempo. Se puede detectar el virus circulante en sangre desde el inicio de los síntomas y los anticuerpos específicos aparecen a la semana (IgM) y a los 15 días (IgG).

El diagnóstico puede ser Posible (manifestaciones clínicas), Probable (clínica más antecedente epidemiológico) y Confirmado (clínica, epidemiología y laboratorio). Es muy factible que las pruebas específicas de laboratorio estén disponibles en Perú y si lo fuera estarían solo en laboratorios de referencia.

El control del mosquito es la mejor medida de prevención. Las campañas contra la diseminación del Dengue serán igual de efectivas pues se ataca al vector común (mosquiteros, repelentes, usar ropa con mangas largas, eliminación de reservorios de agua).

A pesar de tener un invierno cálido no parece existir un riesgo inmediato de brote de Chikungunya. Sin embargo, la vigilancia epidemiológica y el control migratorio son vitales para evitar la propagación en nuestro territorio de una enfermedad más severa que el Dengue y a la que potencialmente estamos expuestos por presentar el ecosistema favorable a esta infección: vivir en una región tropical que por ahora no expresa el clima de mayor calor y humedad (a partir de Octubre en costa y selva).

viernes, 23 de mayo de 2014

Disquisiciones alucinógenas


Mi experiencia más cercana con alucinógenos ocurrió en una fría sala de operaciones rociada con el inconfundible olor a asepsia. El anestesiólogo me colocó una mascarilla y me pidió que contara hasta tres.  Obediente para mis tareas, continué aspirando el éter más allá de tres y en lo que podría ser el ingreso al sueño profundo, sobre el  fondo negro que era mi visión, una estrellita sonriente saltaba una y otra vez sobre una cadena móvil de montañas. No recuerdo mucho más, solo que desperté ya operado  en el cuarto de la clínica. Desde entonces, la fiebre alta de mis múltiples resfriados infantiles y el tratamiento con jarabes para la tos, me harían ver la misma estrellita saltarina además de sentir que caminaba sobre algodones  o que escuchaba  las voces con un ligero eco.

Tiempo después, las alucinaciones de otros llamarían mi atención en aquellos orates que gritaban a seres imaginarios en la calle o en la imperiosa curiosidad al escuchar las conversaciones de adultos acerca de los “diablos azules” secundarios sufridos por algún conocido luego de una potente intoxicación alcohólica. Años más tarde, las encefalopatías y las psicosis se convertirían más que curiosidad en uno de mis  objetos de estudio.

Las alucinaciones y los alucinados, como los epilépticos, marcaron por muchos años ciertos aspectos de la humanidad. Una locura que muchas veces se confundía con las prácticas místicas, con viajes trascendentales del alma o con emprendimientos épicos. El camino a las alucinaciones por lo general era producto de alguna enfermedad mental como la esquizofrenia, otras veces por infecciones cerebrales no reconocidas entonces, pero otras fueron provocadas primero por accidente, luego por repetición, del consumo de plantas alucinógenas como amapolas, khat, burundanga, hachís, vistosos hongos psilocibios, peyote, ayahuasca y el famoso cornezuelo del centeno, éste último un moho (el hongo Secale cornutum)  que crece sobre el cereal.

El cornezuelo del centeno es singular en la historia de la medicina. Sus componentes químicos dieron lugar  a grandes envenenamientos masivos en la Alta Edad Media, resultantes de la intoxicación con ergotamina –hoy tratamiento de la migraña- provocando la necrosis de las extremidades, llamada peste gangrenosa  (ergotismus  gangraenosus) y que podía llegar hasta las convulsiones (ergotismus convulsivus). Tales envenenamientos fueron llamados ignis sacer o fuego sacro y tuvieron como patrono cuidador a San Antonio. Pero del cornezuelo del centeno salió también la ergobasina, conocida por sus propiedades de contraer el útero y prevenir las hemorragias post parto. Desde los laboratorios de Alemania se extrajo otro alcaloide conocido como sustancia 25,  con efectos distintos a los anteriores. Se  le llamó Lyserg säure diäthylamid, conocida mundialmente como LSD.

LSD, cannabinol (marihuana, hachís), mescalina (peyote), dimetiltriptamina (ayahuasca), opio (bajo la forma de láudano) y sus derivados, los opioides (Morfina, Heroína, entre otros) actúan activando diversos receptores neuronales ya presentes en el cuerpo. Los seres humanos tenemos los mismos receptores pero nacemos con combinaciones distintas,  estamos predestinados genéticamente. Por ejemplo, para los opioides tenemos los receptores alfa, delta, kappa y dentro de cada uno de ellos hay variedades (1, 2, 3, etc.). Un barajamiento de genes determinará nuestra clave de susceptibilidad a las drogas psicoactivas o a nuestras morfinas endógenas, las endorfinas, aquellos neurotransmisores que nos da la sensación de paz, placer y bienestar. No en vano una inyección de heroína provoca una rápida sensación de placer, similar a un orgasmo, para luego embarcar al individuo en un desfile alucinatorio.

Las alucinaciones abren las puertas de la percepción, sobre todo de los colores y las formas, que se expresaran en tonalidades intensas y caprichosas. Aldous Huxley, autor de Un Mundo Feliz, al probar mescalina en un experimento, creyó encontrar los orígenes y la esencia del universo en un ramo de flores o en las patas de una silla. Del mismo modo, los brujos de la tribu adquirían la capacidad de entrar al  mundo de los sueños, los dioses y las almas perdidas. Pero no solo ellos, en un momento de la historia los médicos solo eran curanderos y brujos, luego sacerdotes. Solo con el tiempo, la observación sistemática y el desarrollo de la filosofía natural se encargaron de abrir los caminos divergentes entre ciencia y religión.

De este modo, las drogas psicoactivas permitían atravesar el espejo que divide los mundos pero a un alto costo, el de la enajenación y la adicción. De una manera u otra, grandes pensadores, escritores, músicos, artistas plásticos caían en forma temporal o permanente en el campo de los alucinógenos.

Si esto contribuyó a su grandeza es difícil decirlo. Lo mismo podríamos decir de todos aquellos que sufrían de depresión, esquizofrenia o manía. Pero algo debe existir en aquellos cerebros que han construido cortocircuitos, truenos y relámpagos entre sus conexiones neuronales. Aquellas personas podían lograr estados extremos y sublimes de sensibilidad y creatividad como por contraste podían comportarse de un modo que volvían miserable su propia vida o la de sus seres más cercanos.

Cielo e infierno son capaces de coexistir y alternar en cada uno de nosotros, acaso la culpa sean las dosis de nuestros neurotransmisores, los propios o los ajenos. Ahora ya sabemos cómo funcionan nuestras neuronas y sus sustancias, ya no podemos dar explicaciones elípticas como uno de los médicos que creó Moliere cuando explicaba que el opio hacía dormir porque tenía la propiedad dormitiva.

La vida, como nuestra conciencia y nuestra percepción de la realidad, es una puerta giratoria, que unas veces podemos dominar y otras quedar a merced de fuerzas ajenas a nuestra voluntad o a las de un inquieto demiurgo farmacológico.

lunes, 12 de mayo de 2014

Gritaban las cajas de algodón en el hospital


Hijo de Jesús de Denis Johnson es una colección de relatos o una nouvelle fragmentada cuya clasificación se la dejo a los especialistas. Lo cierto es que el libro es una galería de historias de junkies, seres humanos desarraigados de los cánones sociales, que entran y salen de su conciencia a causa del efecto o abstinencia de drogas. Jóvenes extraviados en algún lugar de las coordenadas y los límites de la realidad pero desde quienes afloran chispazos de lucidez, amor y  profundidad moral pero también de una crueldad distante y aséptica hacia los demás.

Los personajes de Hijos de Jesús viven con altos niveles en sangre de marihuana, heroína, psicofármacos o alcohol. Hacen autostop, revolotean dentro de los hospitales, habitual refugio para intoxicados, donde contra lo que pudiera creerse a veces no hay una clara distinción de comportamiento entre el personal y los pacientes.

La cantidad de psicofármacos legales producidos en el mundo exceden largamente el número de consumidores formales. El excedente es filtrado entonces hacia el mercado negro. Debido a ello, nuestro personaje principal y sus eventuales compañeros de ruta disfrutan de algunos comprimidos de LSD, anfetaminas, fenciclidina, pentazocina, opiáceos, antihistamínicos, extractos de hongos o heroína que toman indistintamente y de acuerdo a la disponibilidad en el mercado. Una mezcla que llevará a nuestros amigos a estados de alucinación, despersonalización, paranoia y confusión.

Aquellas pastillas que nuestros personajes llevan en los bolsillos, que mastican y sienten “…con un sabor parecido al olor de la orina, otras a algo quemado, otras a tiza…” provocan estados mentales que aumentan la percepción de los sentidos, donde el entorno se percibe como propio en colores y sonidos intensos. Mientras el cuerpo pierde materia y se funde en el ambiente,  surge una sensación aparente de mayor actividad mental, los pensamientos afloran con mayor fluidez. Por eso nuestro personaje siente, en una oscura tarde lluviosa, que le han arrancado el revestimiento de las venas y conoce cada gota de lluvia por su nombre. Es por el efecto farmacológico que Georgie, el limpiador del hospital, escucha chillar a sus zapatos que han pisado un charco de sangre en el tópico de emergencia. A nuestros personajes se hacen borrosos los límites entre alucinación y realidad, incluso luego de una inyección de “vitaminas” en una clínica de desintoxicación:

Llovía. Helechos gigantes sobre nosotros. El bosque se deslizaba por una colina. Podía oír un arroyo correr entre las piedras. Y ustedes, ustedes, gente ridícula, ustedes esperaban que yo les ayudase

En esta travesía de seres intoxicados por drogas psicoactivas, con los neurotransmisores en estado de caos, se entrecruzan diversos personajes que disfrutan de un estado de cinismo, abulia y apatía pero que paradójicamente ejercitan una mayor fraternidad entre pares. En los textos de Hijo de Jesús deambulan tipos con un cuchillo incrustado en el cráneo, un sujeto que revienta el parabrisas al salir expulsado del auto en un choque frontal, un chofer que atropella una coneja preñada pero que rescata a sus fetos, otro que llega tan borracho que no se percata de la nota del gesto suicida de la esposa, la que termina muriendo sin que nadie la rescate. No hay límites claros entre la realidad y los sueños vívidos, entre el amor y el dolor, entre las fuerzas de la naturaleza y la condición humana, la bondad, la miseria o la crueldad. Es como si alguien, un Dios con un retorcido sentido del humor,  hubiera desanudado las conexiones cerebrales de un porrazo.

“¿Me creerían si les digo que había ternura en su corazón? Su mano izquierda no sabía lo que estaba haciendo su mano derecha. Ciertas conexiones muy importantes se habían quemado en su interior y ya no había conexión alguna entre un lado y otro. Si abriera tu cabeza y pasara por ahí dentro, a través de tu cerebro, uno de esos hierros al rojo vivo que se usan para soldar, yo podría convertirte en algo así”

Con el cuerpo calloso desenchufado por alucinógenos que despellejan la conciencia, haciéndola más lucida y a la vez más vulnerable, aquellas personas son víctimas de un nihilismo alucinante que se conmueven con un moribundo en sus últimos estertores, ante seres comunes que padecen una vida rutinaria o ante los habitantes de un asilo para incurables. Los personajes de Hijo de Jesús viven la pasión erótica momentánea como amor profundo pero al final todos aquellos seres de alguna manera han deshecho sus vínculos afectivos con la pareja, la familia o los hijos. Los únicos enlaces con la vida parecen ser la clínica de desintoxicación, los paisajes naturales o el Antabuse

Rodrigo Fresán, el traductor de Hijo de Jesús, advierte al lector de los sobresaltos narrativos, de las ecolalias y de las distorsiones en el tiempo y espacio de los personajes de esta obra. Se dice de los alucinógenos  provocan un estado pensamiento no lineal, de un saltar en secuencias lógicas desordenadas y en la incapacidad de razonar a través de problemas como lo hace el común de la gente. Es en esta forma de narrar, como en una alucinación psicodélica, parecen fundirse los bordes entre personaje y narrador

 ¿Se paga un precio por soñar? En esta nouvelle o serie de relatos, la transición alucinada de  los sueños a la realidad, o viceversa, se compra por unos cuantos dólares en un viaje geográfico e interior que no se agota ni una línea, hasta la siguiente desintoxicación con Haloperidol.

lunes, 21 de abril de 2014

Volátil


No suelo salir del hospital pero aquella mañana los trámites se convertían en impostergables. El cielo estaba despejado y corría una brisa fresca. Felizmente todo se resolvió pronto y tomé el taxi de regreso. En esta ciudad, los taxis circulan continuamente por las calles y los precios se pactan en una rápida negociación. Paró un taxi amarillo, su chofer usaba unos anteojos llamativos. Acordamos el precio.

Tengo la costumbre de sentarme en el asiento posterior y abrir toda la ventana. Ya era casi mediodía y el calor había aumentado. En el camino pensaba lo polvorienta que es la ciudad, acaso por comenzar a sentir un cosquilleo en la garganta, así como lo extendidas que están las construcciones, como aquella edificación nueva que veía pasar rápido. A la sensación de la garganta se sumó la nariz, pero me distraje sacando el dinero para pagar, ya que estaba por llegar a la puerta posterior del hospital.

Llegué, pagué y bajé. Una vez parado en la pista sentí de pronto un vahído. Sentía como si una fuerza interior me jalara con todas sus fuerza hacia el suelo. Miré al costado, no pasaban carros y crucé la pista. Al caminar sentía como si lo hiciera sobre algodones, mareado con algo de visión borrosa. Me dije “continúa, ya pasará”, mientras avanzaba sentía que mis latidos se aceleraban. Hice un  par de llamadas pero no obtuve respuesta. Me detuve unos segundos para tomarme el pulso, tenía taquicardia. ¿Será por el susto? pensé y apuré la marcha. En el camino me crucé con un par de amigos, intercambiamos unas palabras y seguí caminando. Mi destino era la emergencia.  No debo estar tan mal ya que no se han dado cuenta, me dije

Bajé la rampa y ya estaba en medio del tópico de medicina. No tenía claro que tenía, pero seguía el mareo y la sensación de vahído. Acaso el alfajor que compré estaba contaminado. ¿Sería con insecticida? Entre al baño, abrí la boca frente al espejo buscando las fasciculaciones de la lengua, propias del envenenamiento con insecticidas. Nada, mi lengua estaba normal. Intenté ver mis pupilas y me parecieron de tamaño normal.

Salí del baño. El tópico de emergencia era un caos, enfermos en camillas, en sillas de rueda, en la banca. Todos peores que yo. No intenté buscar ayuda allí. Ingresé a las salas de observación y encontré a uno de mis residentes haciendo tranquilamente unas notas. Le pedí que me tomara la presión. “No me siento bien”, le dije, sin dar más explicaciones.

“120/70” me respondió, minutos después. Al menos no soy hipertenso, pensé. Le pedí que examinara mis pupilas. Están de tamaño normal, me respondió. Gracias, le dije y me quedé pensando. No estaba envenenado, no era una crisis hipertensiva, ni parecía un infarto ¿qué era? Me quede leyendo en la sala de observación. De cuando en cuando me tomaba el pulso que estaba con una frecuencia normal. El efecto comenzaba a desvanecerse.

¡Eso era! Había un efecto farmacológico. El viaje en taxi, el cosquilleo en la garganta. Algún producto volátil para provocar sueño ¿éter, cloroformo, sevoflurane? Qué diablos, el viaje fue menos de 7 minutos e iba con la ventana abierta, ni tanto para dormirme ni tan poco para no provocar efectos.

Agradecí que dentro de todo esto me pasara en el hospital, donde tenía todo a la mano. Había resuelto parcialmente la incertidumbre, ya no sentía sueño ni mareos. Cerré el libro, me despedí del personal y salí de la emergencia. Hice una llamada. Conté el suceso y no me quedó más que reírme.
 
Horas más tarde, regresé a casa en bus, con la seguridad que lo único tóxico sería el humo de los autos y el polvo perenne de la ciudad. Así soy, pensé, siempre tratando de resolver las dudas, incluso cuando de mi propia enfermedad se trata, pero también con la terquedad de no pedir ayuda abiertamente.

Días después, saliendo del hospital vi aquel taxi, me acerqué para ver al chofer. Era él mismo, pero ya no tenía los anteojos extraños, ahora usaba una barba rala. Creo que alcanzó a mirarme.

Como acusarlo, nadie me creería. No tenía pruebas.
 
Resignado crucé la pista en dirección al paradero de buses. En la avenida estaban los de siempre, los vendedores ambulantes, los policías, muchos peatones y claro, muchos otros taxis.

sábado, 12 de abril de 2014

La Épica de un Vaquero Solitario



Dallas Buyers Club es un fragmento visual de la historia del SIDA. En esta película desfilan los mitos, estereotipos y todas las grietas del comportamiento humano que afloran en una epidemia. Una historia donde no hay buenos ni malos, solo seres humanos en estado puro.

Son los inicios de los 80s, los hospitales de los Estados Unidos reciben hombres, que sin enfermedad previa, morían a causa de infecciones que solo se presentaban en personas con cáncer. Ron Woodrow (un Matthew McConaughey irreconocible) un cowboy que vive en una casa rodante, que vive de las apuestas y de estafar a incautos, de pronto cae enfermo.

En la siguiente escena, Ron está sobre una camilla, abordado por dos médicos que usan mascarillas. La epidemia era joven e incierta acerca de los medios de contagio por lo que la bioseguridad era extrema y discriminadora. Allí, el médico de mayor edad le comunica a Ron que está con SIDA y que le quedan 30 días de vida. Además, le pregunta si es heroinómano u homosexual, ante esto Ron reacciona airadamente y abandona el hospital.

Horas más tarde y ya calmado Ron toma una decisión sensata: ir a la biblioteca municipal e informarse. A través de flashbacks intuye la ruta de su propio contagio. Abrumado al asumir su nueva condición solo le queda llorar cuando se queda solo en su auto. Días después, emocionalmente recuperado, Ron vuelve al hospital a reclamar medicinas. Pero existe un problema,  no hay tratamiento existente, salvo que se enrole en un novel programa de investigación.

Son los albores de los ensayos clínicos con AZT. Una doctora le explica a Ron que puede enrolarse en el estudio pero debido al diseño estadístico puede pertenecer al grupo placebo, es decir tomas pastillas de azúcar y morir indefectiblemente pero demostrando que los que tomaban el fármaco sobrevivieron. Rechaza aquella opción y ofrece pagar por el tratamiento. Denegado, el medicamento no ha sido aprobado y por lo tanto no está a la venta. Por otro lado, sus amigos lo abandonan al enterarse que tiene SIDA, no tanto por el miedo al contagio sino porque lo consideran gay.

Ron entiende que la vía legal no lo llevará a ningún lado y que tiene al tiempo en contra. Acostumbrado a embaucar y tomar atajos en la vida decide comprar AZT en el mercado negro. Por la desesperación de estar en cuenta regresiva abusa de la dosificación. Todo funciona bien hasta que se corta el abastecimiento. Sin una salida aparente, se entera que puede cruzar la frontera hacia México para conseguir el medicamento sin receta. Lo que allí encuentra no solo es el AZT.

Un médico norteamericano, al que le han suspendido su licencia en los EEUU, ha instalado una clínica para personas con SIDA. En ella trata a sus pacientes no solo con AZT sino con fármacos no aprobados aún como el Compuesto Q, el Péptido T o el Al 721, entre otros. Ron decide probar todos los medicamentos y astutamente ve una oportunidad de negocio: pasar medicamentos de contrabando hacia los Estados Unidos.

Utilizando sus artimañas lo consigue, no sin contratiempos. La entidad reguladora de medicamentos, la FDA, le sigue los pasos y decomisa algunos embarques. Sin embargo, Ron no se da por vencido pero no logra colocar los medicamentos en quienes lo necesitan pues las personas con SIDA no confían en él. No pertenece a su círculo. Venciendo su homofobia se asocia con el transexual Rayon (Jared Lero), quienes más tarde forman el Dallas Buyers Club cuya membresía les permite a ciertas personas con SIDA el acceder a tratamientos no disponibles ni aprobados en los Estados Unidos.

Desde  aquí la película puede verse en tres claves: la de un hombre enfermo que sabe que va a morir y en lugar de vengarse del género humano y contagiar al resto, toma la decisión de luchar por sobrevivir, una transición donde deja de lado sus prejuicios para convertirse en una persona tolerante y solidaria.

La siguiente clave, el mundo de cierta industria farmacéutica que ve las nuevas enfermedades solo como un negocio si prestar atención al interés público, que en este caso es apremiante. La FDA aparece como un cuco hegemónico que no admite fisuras en sus procedimientos ni en su política de aprobación de fármacos, aun a costa de vidas humanas. Aquí también se muestra el lado más frío de la medicina de los EEUU, pegada a las normas y mirándose al ombligo, en uno de los pasajes memorables de la película se da cuenta que aquellos médicos ni leen ni creen en los resultados de estudios clínicos en Europa, como un reporte de la revista The Lancet sobre los efectos tóxicos del AZT y la eficacia temporal de la terapia simple con AZT. Los días de la terapia triple estaban lejanos.

La última clave, es la respuesta organizada de los afectados. La historia de la respuesta a las epidemias en la humanidad muestra que con la peste negra existió un estoicismo ante la muerte, en la peste de la Tuberculosis del siglo XIX, se tomó una actitud contemplativa y romántica. El SIDA provocó en los afectado una reacción violenta, protestas y marchas contra organismos gubernamentales, políticos y médicos. Pero el avance de la tecnología permitió no solo una explosión de terapias alternativas, muchas de ellas devinieron en tóxicas o inútiles, sino además la presencia de mercados negros de fármacos muy bien organizados.

Dallas Buyers Club es la épica de un vaquero herido que emprende una lucha, al inicio solitaria, contra la rigidez de un sistema que afligía aún más a personas que tenían una sentencia de muerte ya programada. La lucha de Ron y de miles de anónimos convirtió al SIDA en la apertura de programas de mayor acceso a mejores esquemas de tratamiento y de tolerancia hacia las personas afectadas. Una película que ofrece solo una pincelada de una historia aun inconclusa.