lunes, 12 de mayo de 2014

Gritaban las cajas de algodón en el hospital


Hijo de Jesús de Denis Johnson es una colección de relatos o una nouvelle fragmentada cuya clasificación se la dejo a los especialistas. Lo cierto es que el libro es una galería de historias de junkies, seres humanos desarraigados de los cánones sociales, que entran y salen de su conciencia a causa del efecto o abstinencia de drogas. Jóvenes extraviados en algún lugar de las coordenadas y los límites de la realidad pero desde quienes afloran chispazos de lucidez, amor y  profundidad moral pero también de una crueldad distante y aséptica hacia los demás.

Los personajes de Hijos de Jesús viven con altos niveles en sangre de marihuana, heroína, psicofármacos o alcohol. Hacen autostop, revolotean dentro de los hospitales, habitual refugio para intoxicados, donde contra lo que pudiera creerse a veces no hay una clara distinción de comportamiento entre el personal y los pacientes.

La cantidad de psicofármacos legales producidos en el mundo exceden largamente el número de consumidores formales. El excedente es filtrado entonces hacia el mercado negro. Debido a ello, nuestro personaje principal y sus eventuales compañeros de ruta disfrutan de algunos comprimidos de LSD, anfetaminas, fenciclidina, pentazocina, opiáceos, antihistamínicos, extractos de hongos o heroína que toman indistintamente y de acuerdo a la disponibilidad en el mercado. Una mezcla que llevará a nuestros amigos a estados de alucinación, despersonalización, paranoia y confusión.

Aquellas pastillas que nuestros personajes llevan en los bolsillos, que mastican y sienten “…con un sabor parecido al olor de la orina, otras a algo quemado, otras a tiza…” provocan estados mentales que aumentan la percepción de los sentidos, donde el entorno se percibe como propio en colores y sonidos intensos. Mientras el cuerpo pierde materia y se funde en el ambiente,  surge una sensación aparente de mayor actividad mental, los pensamientos afloran con mayor fluidez. Por eso nuestro personaje siente, en una oscura tarde lluviosa, que le han arrancado el revestimiento de las venas y conoce cada gota de lluvia por su nombre. Es por el efecto farmacológico que Georgie, el limpiador del hospital, escucha chillar a sus zapatos que han pisado un charco de sangre en el tópico de emergencia. A nuestros personajes se hacen borrosos los límites entre alucinación y realidad, incluso luego de una inyección de “vitaminas” en una clínica de desintoxicación:

Llovía. Helechos gigantes sobre nosotros. El bosque se deslizaba por una colina. Podía oír un arroyo correr entre las piedras. Y ustedes, ustedes, gente ridícula, ustedes esperaban que yo les ayudase

En esta travesía de seres intoxicados por drogas psicoactivas, con los neurotransmisores en estado de caos, se entrecruzan diversos personajes que disfrutan de un estado de cinismo, abulia y apatía pero que paradójicamente ejercitan una mayor fraternidad entre pares. En los textos de Hijo de Jesús deambulan tipos con un cuchillo incrustado en el cráneo, un sujeto que revienta el parabrisas al salir expulsado del auto en un choque frontal, un chofer que atropella una coneja preñada pero que rescata a sus fetos, otro que llega tan borracho que no se percata de la nota del gesto suicida de la esposa, la que termina muriendo sin que nadie la rescate. No hay límites claros entre la realidad y los sueños vívidos, entre el amor y el dolor, entre las fuerzas de la naturaleza y la condición humana, la bondad, la miseria o la crueldad. Es como si alguien, un Dios con un retorcido sentido del humor,  hubiera desanudado las conexiones cerebrales de un porrazo.

“¿Me creerían si les digo que había ternura en su corazón? Su mano izquierda no sabía lo que estaba haciendo su mano derecha. Ciertas conexiones muy importantes se habían quemado en su interior y ya no había conexión alguna entre un lado y otro. Si abriera tu cabeza y pasara por ahí dentro, a través de tu cerebro, uno de esos hierros al rojo vivo que se usan para soldar, yo podría convertirte en algo así”

Con el cuerpo calloso desenchufado por alucinógenos que despellejan la conciencia, haciéndola más lucida y a la vez más vulnerable, aquellas personas son víctimas de un nihilismo alucinante que se conmueven con un moribundo en sus últimos estertores, ante seres comunes que padecen una vida rutinaria o ante los habitantes de un asilo para incurables. Los personajes de Hijo de Jesús viven la pasión erótica momentánea como amor profundo pero al final todos aquellos seres de alguna manera han deshecho sus vínculos afectivos con la pareja, la familia o los hijos. Los únicos enlaces con la vida parecen ser la clínica de desintoxicación, los paisajes naturales o el Antabuse

Rodrigo Fresán, el traductor de Hijo de Jesús, advierte al lector de los sobresaltos narrativos, de las ecolalias y de las distorsiones en el tiempo y espacio de los personajes de esta obra. Se dice de los alucinógenos  provocan un estado pensamiento no lineal, de un saltar en secuencias lógicas desordenadas y en la incapacidad de razonar a través de problemas como lo hace el común de la gente. Es en esta forma de narrar, como en una alucinación psicodélica, parecen fundirse los bordes entre personaje y narrador

 ¿Se paga un precio por soñar? En esta nouvelle o serie de relatos, la transición alucinada de  los sueños a la realidad, o viceversa, se compra por unos cuantos dólares en un viaje geográfico e interior que no se agota ni una línea, hasta la siguiente desintoxicación con Haloperidol.

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