viernes, 20 de agosto de 2010

Excavadores de Tumbas


Desde niño he tenido fascinación por los libros. Leía de la biblioteca familiar y cuanta tuviera al alcance. Hoy que puedo comprarlos y armar la propia he construido una biblioteca de múltiples temas y de múltiples fuentes. Consigo sobre todo libros nuevos, pero también de segunda mano. Esto último me ha hecho reflexionar sobre lo que sucede con aquellas bibliotecas personales cuando el dueño deja de existir.

Las alternativas son múltiples, se heredan, se donan, se venden o hasta se canibalizan. Mi primer recuerdo de ello vine de la época del colegio. Para hacer una tarea de Filosofía trabajé una revisión en la enorme biblioteca en casa de un amigo, cuyo padre, un profesor de Humanidades, había muerto prematuramente tiempo atrás. Hasta ahora recuerdo fragmentos de tales lecturas. Por analogía recuerdo también la primera vez que supe sobre Séneca, en la biblioteca de uno de mis tíos, ahora fallecido y del que no tengo idea que fue de sus libros.

Repaso estos recuerdos ahora que visito de manera fortuita las tenebrosas galerías de venta de libros viejos ubicadas entre los jirones Quilca y Camaná. Un olor acre a humedad traspasa el ambiente y a pesar que visito estos cascarones de día, un escenario polvoriento y casi fantasmal se dibuja ante mis ojos.

Pero tal sensación se desvanece una vez que me veo abducido sea por los títulos o sea por el contenido de aquellos libros. Algunos pulcramente cuidados, otros gangrenados por los hongos o las polillas. Sin embargo, las letras y los grabados permanecen allí incólumes ante el paso del tiempo y ante sus eventuales guardianes. Están allí para seguir ilustrando, para seguir deleitando, para ejercer una hipnosis literaria.

Sólo me detiene ver mis dedos oscurecidos por el hollín depositado gracias a la densidad vehicular de las calles del Centro o cuando mi alergia me pide salir de allí.

He conseguido en visitas sucesivas, ya que la búsqueda de libros funciona en mí como potente droga adictiva, una Antología de Poesía Latinoamericana de inicios del Siglo XX, un estudio sobre Dante, la Norton Anthology of Western Literature en un solo volumen, un tratado sobre las Aguas Termales de Arequipa y otro sobre Microbiología de los alimentos (con secretos sobre vinos, quesos y el chucrut), y hasta un libro con las biografías de Médicos famosos, entre otras reliquias.

Estos libros, que ya están en mi casa -su nueva casa-, han sido sometidos a un periodo de cuarentena con un tratamiento contra las plagas. Se quedarán allí solo esperando que tenga el tiempo necesario para leerlos.

Y como el destino siempre juega en carambola, abro la primera página de Prosas Apátridas y me encuentro con esto:


¡Cuántos libros, Dios mío y que poco tiempo y a veces que pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca, donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos, que llegan allí muchas veces no se sabe como y que por un fenómeno de imantación y de aglutinación contribuyen a cimentar la montaña de lo ilegible y, entre estos libros, perdidos, los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en veinte ¡¿que quedará de todo esto?!

1 comentario:

Paola dijo...

De acuerdo a tus palabras se nota que eres otro fanático, como yo, que bucea en un mar de libros olvidados o despreciados. Cada libro para mí, es un descubrimiento y un grato placer.

María Paola