
Mejor actor secundario: Geofrey Rush (King´s Speech)
Mejor actriz secundaria: Hailee Stanfield (True Grit)


¿Qué fue primero: la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste porque escuchaba triste? ¿No te convierten todos estos discos en una persona de tendencia melancólica?
My love and I we work well together
But often we´re apart
Absence makes the heart lose weight, yeah
Til love breaks down, love breaks down
Oh my, oh my, have you seen the weather
The sweet September rain
Rain onme like no other
Until I drown, Until I drown
When love breaks down
The things you do
To stop the truth from hurting you
...Fue el momento más feliz de mi vida y no lo sabía. De haberlo sabido, ¿habría podido proteger dicha felicidad? ¿Habría sucedido todo de otra manera? Sí, de haber comprendido que aquel era el momento más feliz de mi vida, nunca lo habría dejado escapar. Ese momento dorado en que una profunda paz espiritual envolvió todo mi ser quizá durara solo unos segundos, pero me pareció que la felicidad los convertía en horas, años…
En eso consiste el amor –repetía la mujer-. Cuando tienes un gran amor, debes cuidarlo como si fuera una planta. Debes abonarlo, protegerlo de la nieve. Es muy importante tratarlo con esmero. Si el amor es pequeño deja que se marchite hasta que muera…
...Y me pregunto si existirá algo más sci-fi que la súbita irrupción del virus del amor en el hospital de la juventud, de esa presencia extraterrestre que de golpe y sin aviso te posee y te convierte en un cosmonauta en trance… ese amor que todo lo inicia y que te derriba para hacer que asciendas envuelto en los giros de un rayo curvo e invisible que pone a temblar a las agujas de todos los detectores de energías extrañas…
…Las personas mas extravagantes pueden ser el estímulo para el amor. Un hombre puede ser un viejo chocho y seguir amando a una desconocida que vio en las calles de Cheehaw una tarde, dos décadas atrás. El predicador puede amar a una mujer perdida. La persona amada puede ser traicionera, tener el pelo grasiento y malas costumbres. Si, y el amante puede ver esto con tanta claridad como el resto, pero no afecta un ápice la evolución de su amor. Una persona absolutamente mediocre puede ser el objeto de un amor salvaje, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo de un amor violento y denigrante, o un loco denigrante puede provocar en el alma de alguien un idilio tierno y simple…
…¡Ah! ¡Que sensación corre por todas mis venas, cuando mis dedos inadvertidamente rozan los suyos o nuestros pies se tropiezan debajo de la mesa! Me retiro como del fuego y una fuerza misteriosa me impulsa de nuevo hacia delante, el vértigo se apodera de todos mis sentidos…
…En la noche siguiente me enamoré de ella. Me pasé la noche en duermevela, añorándola, soñando con ella, creyendo sentirla a mi lado, hasta que me daba cuenta de que estaba agarrando la almohada o la manta...
Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta...
…Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis…
...Considera esto, joven justo, y conoce que en la amistad del amante no existe una bondad verdadera, él tiene un apetito y quiere saciarse de ti. Así como los lobos aman a las ovejas, los amantes aman a sus amores…
…Son dolorosas tanto la despedida como la muerte. Pero un amor del que no se piense que será el último no llega a ser ni un simple pasatiempo para una mujer...Y como esto tiene que acabar, dejo para el final un dialogo de dos amigos, una vez inseparables, distanciados ahora en el tiempo y la geografía por amar a la misma mujer. Ella se quedó cerca de uno de ellos pero murió varios años atrás. Uno de los amigos regresa para recibir un ajuste de cuentas moral y dejar dudas irresueltas sobre la fidelidad y la cobardía en El Último Encuentro de Sandor Marai
...¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandiosa, así de inhumana es una pasión?…
Me gustaría dejar por escrito lo que ocurrió en casa de mi abuela aquel verano cuando tenía 8 o 9 años, pero no estoy segura de si sucedió realmente. Necesito dar fe de un hecho dudoso y que siento rugir dentro de mí – este hecho que puede no haber ocurrido. Aun no sé que nombre ponerle. Pienso que podría llamarlo un delito carnal, pero aquella carne hace mucho se ha desprendido y no estoy segura cuanto de daño ha quedado en los huesos.

A eso será lo que se llama apostolado, el caminar sin descanso ejerciendo una vocación, pero también dejar fuentes escritas para que el viento de los años no borre nuestras huellas. Para sentir que no se avanzó en vano.
Caminar con lápiz y libreta, escribir, publicar: tarea pendiente
El coronel se sintió mal en el cementerio. Cuando don Sabas lo empujó hacia la pared para dar paso a los hombres que transportaban al muerto, volvió su cara
sonriente hacia él, pero se encontró con un rostro duro.
-Qué le pasa, compadre -preguntó.
El coronel suspiró.
-Es octubre, compadre
Regresaron por la misma calle. Había escampado. El cielo se hizo profundo, de un azul intenso. «Ya no llueve más», pensó el coronel, y se sintió mejor, pero continuó absorto. Don Sabas lo interrumpió.
-Compadre, hágase ver del médico.
-No estoy enfermo -dijo el coronel-. Lo que pasa es que en octubre siento como si tuviera animales en las tripas.
Llovió después de la medianoche. El coronel concilió el sueño pero despertó un momento después alarmado por sus intestinos. Descubrió una gotera en algún lugar de la casa. Envuelto en una manta de lana hasta la cabeza trató de localizar la gotera en la oscuridad. Un hilo de sudor helado resbaló por su columna vertebral. Tenía fiebre. Se sintió flotando en círculos concéntricos dentro de un estanque de gelatina.
Amaneció estragado. Al segundo toque para misa saltó de la hamaca y se instaló en una realidad turbia alborotada por el canto del gallo. Su cabeza giraba todavía en círculos concéntricos. Sintió náuseas. Salió al patio y se dirigió al excusado a través del minucioso cuchicheo y los sombríos olores del invierno. El interior del cuartito de madera con techo de zinc estaba enrarecido por el vapor amoniacal del bacinete. Cuando el coronel levantó la tapa surgió del pozo un vaho de moscas triangulares.
Era una falsa alarma. Acuclillado en la plataforma de tablas sin cepillar experimentó la desazón del anhelo frustrado. El apremio fue sustituido por un dolor sordo en el tubo digestivo. «No hay duda», murmuró. «Siempre me sucede lo mismo en octubre.» Y asumió su actitud de confiada e inocente expectativa hasta cuando se apaciguaron los hongos de sus vísceras. Entonces volvió al cuarto por el gallo.
-Anoche estabas delirando de fiebre- dijo la mujer.
Había comenzado a poner orden en el cuarto, repuesta de una semana de crisis. El coronel hizo un esfuerzo para recordar.
-No era fiebre -mintió-. Era otra vez el sueño de las telarañas.
Se sentía bien. Diciembre había marchitado la flora de sus vísceras. Sufrió una contrariedad esa mañana tratando de ponerse los zapatos nuevos. Pero después de intentarlo varias veces comprendió que era un esfuerzo inútil y se puso los, botines de charol. Su esposa advirtió el cambio.
-Es lo mismo -replicó la mujer-. Debías darte cuenta de que me estoy muriendo, que esto que tengo no es una enfermedad sino una agonía.
El coronel no habló hasta cuando no terminó de almorzar.
-Si el doctor me garantiza que vendiendo el gallo se te quita el asma, lo vendo en seguida -dijo-. Pero si no, no. Esa tarde llevó el gallo a la gallera. De regreso ncontró a su esposa al borde de la crisis. Se paseaba a lo largo del corredor, el cabello suelto a la espalda, los brazos abiertos, buscando el aire por encima del silbido de sus pulmones. Allí estuvo hasta la prima noche. Luego se acostó sin dirigirse a su marido.
Masticó oraciones hasta un poco después del toque de queda. Entonces, el coronel se dispuso a apagar la lámpara. Pero ella se opuso.
-No quiero morirme en las tinieblas -dijo.
El coronel dejó la lámpara en el suelo
El Coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de la tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.
Mientras esperaba a que hirviera la infusión sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como ésa. Durante cincuenta v seis años -desde cuando terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.
Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa
noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor.
Pero se incorporó para recibir la taza.
-Y tú -dijo.
-Ya tomé -mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande.
En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidado del entierro.
Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto.
-Nació en 1922 -dijo-. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de abril. Siguió sorbiendo el café en las pausas de su respiración pedregosa. Era una mujer construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible. Los trastornos respiratorios la obligaban a preguntar afirmando. Cuando terminó el café todavía estaba pensando en el muerto.
“Debe ser horrible estar enterrado en octubre”,dijo. Pero su marido no le puso atención. Abrió la ventana. Octubre se había instalado en el patio. Contemplando la vegetación que reventaba en verdes intensos, las minúsculas tiendas de las lombrices en el barro, el coronel volvió a sentir el mes aciago en los intestinos.
-Tengo los huesos húmedos -dijo.
-Es el invierno -replicó la mujer-. Desde que empezó a llover te estoy diciendo que duermas con las medias puestas.
-Hace una semana que estoy durmiendo con ellas.